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¿Cómo llegan los PFAS a la Antártica? Rutas invisibles de la contaminación global

24 Marzo, 2026
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El continente antártico está rodeado por el océano más aislado del planeta, separado de los centros industriales por miles de kilómetros de agua y viento. Durante siglos fue considerado el último refugio prístino de la Tierra: un territorio donde la huella humana no alcanzaba. Esa idea, sin embargo, lleva décadas demostrándose equivocada.

Hoy sabemos que los PFAS —los llamados “químicos eternos” que se producen en fábricas del hemisferio norte— se detectan en la nieve antártica, en el agua del océano Austral, en los sedimentos costeros y en los tejidos de pingüinos, focas y aves marinas que nunca han estado cerca de una industria. La pregunta no es si llegaron. Es cómo llegaron, por qué siguen llegando, y qué implica eso para los ecosistemas que encontraron al final de su viaje.

El problema de los contaminantes sin pasaporte

La característica que define a los contaminantes orgánicos persistentes —la familia a la que pertenecen los PFAS— no es solo su toxicidad ni su resistencia a la degradación. Es su capacidad de moverse. Al no degradarse en el ambiente, tienen tiempo: tiempo para viajar, para acumularse, para atravesar fronteras que ningún tratado internacional puede trazar en el aire o en el mar.

Los PFAS son, en ese sentido, viajeros extraordinariamente pacientes. Una molécula liberada en una fábrica de Europa o Norteamérica puede tardar meses o años en llegar a la Antártica, pero llegará. Y cuando lo haga, encontrará un ecosistema que no tiene mecanismos evolutivos para lidiar con ella.

Existen tres grandes rutas de transporte que conectan las fuentes de emisión industrial con los ecosistemas polares: la atmósfera, los océanos y, en menor medida, las actividades humanas locales en el propio continente antártico.

Ruta 1: el transporte atmosférico

El aire no es un espacio vacío entre lugares: es una red de circulación global que mueve calor, agua, partículas y compuestos químicos a escala planetaria. Los PFAS pueden incorporarse a esa red de varias maneras.

Algunos compuestos de la familia PFAS son suficientemente volátiles para evaporarse directamente desde fuentes de emisión —como aguas residuales industriales o suelos contaminados— e ingresar a la fase gaseosa de la atmósfera. Otros se adsorben a partículas finas en suspensión —aerosoles, polvo, hollín— que el viento puede transportar a grandes distancias antes de depositarse por gravedad o arrastradas por la lluvia y la nieve.

La clave es la circulación atmosférica general. El hemisferio sur tiene un patrón de vientos dominantes —los llamados vientos del oeste o “roaring forties” y “furious fifties”— que circulan de forma casi continua alrededor del polo sur a latitudes medias y altas. Estos vientos actúan como una correa transportadora que puede llevar compuestos desde Sudamérica, Sudáfrica u Oceanía hacia latitudes subantárticas y antárticas. Una vez que los PFAS alcanzan esas latitudes, la deposición húmeda —lluvia, nieve— los incorpora a la superficie terrestre y marina del continente.

Existe también un mecanismo de “destilación global” o “efecto saltamontes” (grasshopper effect) que opera a escala planetaria: los compuestos semivolátiles se evaporan en zonas cálidas, viajan hacia zonas más frías donde se condensan y depositan, vuelven a evaporarse si la temperatura sube, y así sucesivamente, avanzando gradualmente hacia los polos con cada ciclo. Este mecanismo es particularmente relevante para algunos PFAS precursores —compuestos que no son PFAS en sí mismos pero que se transforman en PFAS al degradarse en la atmósfera.

Ruta 2: las corrientes oceánicas

El océano es el mayor reservorio y transportador de PFAS del planeta. A diferencia del transporte atmosférico —relativamente rápido pero con concentraciones bajas—, las corrientes oceánicas mueven grandes volúmenes de agua cargada de contaminantes a lo largo de rutas que conectan todos los océanos del mundo en ciclos que pueden durar décadas.

Los PFAS ingresan al océano desde múltiples fuentes: descarga de aguas residuales domésticas e industriales en ríos y costas, escorrentía desde suelos contaminados, deposición atmosférica sobre la superficie del mar y, en menor medida, operaciones de extinción de incendios con espumas que contienen PFAS realizadas en zonas costeras o portuarias.

Una vez en el agua, los PFAS más hidrosolubles se disuelven y se incorporan a las masas de agua superficiales, donde las corrientes los transportan. El océano Atlántico sur, en particular, tiene una conexión directa con el océano Austral a través de corrientes que fluyen desde el hemisferio norte hacia el sur. La Corriente Circumpolar Antártica —la más poderosa del planeta en términos de volumen de agua transportada— actúa luego como un distribuidor: rodea el continente antártico y puede llevar los contaminantes desde cualquier punto del océano Austral hasta las zonas costeras donde se concentra la vida marina.

Los PFAS también pueden asociarse a partículas en suspensión en el agua —materia orgánica, sedimentos finos— y llegar al fondo marino, donde quedan depositados en los sedimentos. Desde allí pueden resuspenderse y volver a la columna de agua en respuesta a eventos de resuspensión sedimentaria, convirtiéndose en una fuente secundaria interna de contaminación que persiste incluso después de que las emisiones en origen hayan cesado.

Ruta 3: la actividad humana local en la Antártica

A pesar de ser el continente menos habitado del planeta, la Antártica no está exenta de actividad humana directa. Las bases científicas permanentes y estacionales que operan en el continente —incluidas varias bases chilenas en la Península Antártica y las islas Shetland del Sur— utilizan equipos, combustibles, materiales y productos de consumo que pueden contener PFAS.

El uso de espumas contra incendios tipo AFFF (aqueous film-forming foam), ampliamente empleadas en instalaciones de almacenamiento de combustible y aeródromos, ha sido identificado como una fuente significativa de PFAS en entornos antárticos cercanos a bases. Asimismo, los vertimientos accidentales de aguas residuales, el transporte marítimo y la gestión de residuos en condiciones logísticas complejas pueden contribuir a la contaminación local.

Esta fuente es cuantitativamente menor que el transporte de larga distancia, pero tiene una relevancia especial porque se concentra en zonas costeras de alta biodiversidad —precisamente las áreas de estudio de ICEMELT— y puede crear puntos de contaminación localizada con concentraciones mucho más altas que las que llegan por vías atmosféricas u oceánicas.

El hielo como archivo y como fuente

Uno de los hallazgos más reveladores de los estudios sobre PFAS en la Antártica es la función del hielo como archivo histórico de la contaminación global. La nieve que cae sobre el continente —y que contiene PFAS transportados desde fuentes lejanas— se compacta con el tiempo y forma capas de hielo que quedan estratificadas cronológicamente. Analizando esas capas, los científicos pueden reconstruir la historia de la contaminación por PFAS en el hemisferio sur a lo largo de décadas, incluso antes de que existieran estudios sistemáticos de estos compuestos.

Pero el hielo no solo archiva: también libera. El cambio climático está acelerando el deshielo en la Antártica a tasas sin precedentes en los registros históricos. Cuando el hielo se funde, todos los PFAS acumulados durante años o décadas se liberan al océano en un período relativamente corto. Este proceso —que ICEMELT estudia en detalle en las bahías Maxwell y Almirantazgo y en South Bay— significa que el calentamiento global no solo aumenta el ritmo al que nuevos PFAS llegan al continente, sino que también moviliza los que ya estaban depositados, creando una doble fuente de contaminación que se intensifica precisamente cuando el ecosistema ya está bajo mayor estrés térmico.

Por qué la Antártica acumula lo que otros ecosistemas dispersan

No todos los ecosistemas remotos acumulan contaminantes de la misma manera. La Antártica tiene características geográficas, físicas y biológicas que la hacen especialmente propensa a retener y concentrar los PFAS que llegan hasta ella.

En primer lugar, las bajas temperaturas favorecen la condensación y el depósito de compuestos semivolátiles: los PFAS que viajan por la atmósfera tienden a condensarse y depositarse preferentemente en zonas frías, lo que convierte a los polos en destinos naturales de acumulación. En segundo lugar, la Corriente Circumpolar Antártica actúa como una barrera física que tiende a concentrar las sustancias disueltas en el océano Austral en lugar de dispersarlas hacia otros océanos. En tercer lugar, los ecosistemas polares tienen cadenas tróficas relativamente cortas pero de alta eficiencia energética —con organismos como el krill que conectan directamente el fitoplancton con la megafauna—, lo que significa que los contaminantes se biomagnifican con mayor rapidez y alcanzan concentraciones elevadas en los niveles superiores de la trama trófica.

El resultado es que la Antártica no es solo un receptor pasivo de la contaminación global: es un amplificador. Lo que llega diluido a través de miles de kilómetros de océano o atmósfera puede concentrarse de manera significativa en sus ecosistemas costeros.