Ricardo giesecke img

¿Qué comen los organismos antárticos y cómo influye en la propagación de contaminantes?

28 Abril, 2026
Comparte

En la Antártica, entender quién se come a quién no es solo una cuestión ecológica: es clave para comprender cómo se mueve la contaminación en uno de los ecosistemas más remotos del planeta. En este entorno extremo, donde la vida depende de equilibrios delicados, la alimentación no solo define la supervivencia, sino también la exposición a sustancias invisibles que viajan desde otras partes del mundo.

Aquí es donde la conocida frase “eres lo que comes” adquiere un significado científico profundo. Cada organismo incorpora no solo nutrientes, sino también cualquier contaminante presente en su alimento. En el caso de los PFAS, compuestos altamente persistentes conocidos como “químicos eternos”, este proceso se vuelve especialmente relevante.

La Antártica posee una red trófica relativamente corta pero altamente eficiente. Esta eficiencia permite que la energía fluya rápidamente entre niveles… pero también facilita que los contaminantes se transfieran y concentren con la misma rapidez. Así, sustancias presentes en concentraciones mínimas en el agua pueden terminar acumulándose en grandes depredadores.

De microalgas a depredadores: cómo la dieta conecta toda la red de contaminación

La transferencia de contaminantes en la Antártica sigue una lógica clara: cada nivel trófico actúa como un punto de acumulación y redistribución. Desde los organismos más pequeños hasta los grandes depredadores, la dieta define tanto la exposición como el destino final de los PFAS en el ecosistema.

Para entender cómo ocurre este fenómeno, es fundamental observar las dietas específicas de los organismos antárticos y cómo estas determinan su rol en la propagación de contaminantes.

1. El Krill: El gran motor (y filtro) de la Antártica

El krill antártico (Euphausia superba) es el eslabón clave. Su dieta consiste principalmente en fitoplancton (microalgas) que capturan directamente de la columna de agua.

  • El problema: Al alimentarse de algas que han absorbido PFAS de la superficie oceánica, el krill se convierte en el primer gran “acumulador” de la cadena.
  • Impacto: Como casi todos los animales antárticos (peces, pingüinos, focas y ballenas) comen krill, este crustáceo funciona como un embudo que recolecta la contaminación dispersa y la entrega concentrada al resto del ecosistema.

2. Peces y Aves: Especialistas en la acumulación

A medida que subimos en la red trófica, la dieta se diversifica y el riesgo aumenta.

  • Peces de profundidad: Muchos se alimentan de materia orgánica que cae al fondo (detritos). Si los PFAS se adhieren a estas partículas, los peces las ingieren, integrando el contaminante en sus músculos y órganos.
  • Pingüinos y aves marinas: Especies como el pingüino Adelia o el Papúa tienen dietas ricas en krill y peces pequeños. El problema aquí es la exposición prolongada: estas aves viven muchos años y consumen toneladas de alimento a lo largo de su vida, lo que permite que los químicos “eternos” se acumulen en sus tejidos de forma persistente.

3. Depredadores Tope: El destino final de los PFAS

En la cima de la pirámide encontramos a las focas leopardo y las orcas. Estos animales no beben agua de mar para hidratarse (la obtienen de sus presas), lo que significa que el 100% de los PFAS en su cuerpo proviene de su dieta.

  • La dieta grasa: A diferencia de otros contaminantes que se guardan solo en la grasa, los PFAS tienen una afinidad especial por las proteínas. Esto significa que se alojan en el hígado y la sangre de estos grandes mamíferos, interfiriendo potencialmente con su sistema inmunológico y hormonal.

La dieta como factor de riesgo

La forma en que los contaminantes se distribuyen no es uniforme. Depende de dos factores dietéticos:

  1. Posición trófica: Mientras más alto esté un animal en la cadena (más depredadores coma), mayor será su concentración de PFAS (Biomagnificación).
  2. Fidelidad al sitio: Los animales que se alimentan siempre en las mismas bahías costeras (donde el deshielo libera más químicos) corren más riesgo que las especies migratorias que buscan comida en mar abierto.

La red trófica antártica es una estructura interconectada donde el flujo de energía es inseparable del flujo de contaminantes. La investigación de ICEMELT es fundamental para mapear estas rutas alimentarias y entender que, cuando protegemos el “menú” del krill, estamos protegiendo en realidad la salud de las ballenas y el equilibrio de uno de los últimos lugares prístinos del planeta.