© Ricardo Giesecke

The ocean surface microlayer: the invisible layer where PFAS concentrate

4 March, 2026

Hay una frontera en el océano que no aparece en los mapas. No separa países ni corrientes; separa el mar del aire. Tiene entre uno y mil micrómetros de espesor —menos que un cabello humano en su parte más delgada— y sin embargo concentra una densidad de vida, de química y de contaminantes que ninguna otra capa del océano iguala. Se llama microcapa superficial del océano, o SML por sus siglas en inglés (sea surface microlayer), y en los últimos años se ha convertido en un foco de atención para la investigación sobre contaminantes emergentes en la Antártica.

ICEMELT estudia esta interfaz porque es precisamente ahí, en esa película casi invisible, donde los PFAS liberados por el deshielo antártico tienden a concentrarse. Entender qué es la microcapa, cómo funciona y quiénes viven en ella es clave para comprender la magnitud real de la contaminación química en los ecosistemas polares.

Qué es la microcapa superficial del océano

La microcapa superficial es la interfaz entre el océano y la atmósfera. Físicamente, es una película extremadamente delgada —en general entre 1 y 1.000 micrómetros, aunque la mayor parte de los estudios se concentran en los primeros 100 micrómetros— que recubre la superficie del mar de forma continua, excepto cuando el viento la rompe temporalmente.

Lejos de ser una simple frontera pasiva, la microcapa es un ecosistema en sí misma, con una composición química y biológica radicalmente distinta a la del agua que está apenas unos centímetros por debajo. En ella se acumulan sustancias que tienen afinidad por las superficies o por las interfaces entre fases —como la frontera agua-aire—, lo que incluye lípidos, proteínas, polisacáridos, metales traza y, de manera especialmente relevante para ICEMELT, contaminantes orgánicos como los PFAS.

La microcapa también cumple funciones atmosféricas: es la superficie desde la cual el océano intercambia gases con la atmósfera, incluyendo dióxido de carbono y oxígeno. Cualquier alteración de su composición química puede tener consecuencias que van mucho más allá de esa delgada película.

Por qué los PFAS se acumulan en la microcapa

La acumulación de PFAS en la microcapa no es un accidente: responde directamente a la estructura molecular de estos compuestos. Los PFAS son moléculas llamadas anfifílicas —una parte de la molécula tiene afinidad por el agua (hidrofílica) y otra la repele (hidrofóbica)—, lo que hace que migren espontáneamente hacia las interfaces entre fases, como la superficie del mar.

Este comportamiento es análogo al de los detergentes: en el agua, estas moléculas se orientan con su extremo hidrofílico hacia la fase acuosa y su extremo hidrofóbico hacia el aire, formando capas ordenadas en la superficie. El resultado es una concentración de PFAS en la microcapa que puede ser entre 10 y 1.000 veces mayor que en el agua de las capas inmediatamente inferiores, según estudios en distintas regiones oceánicas.

En el contexto antártico, este proceso se intensifica durante el verano austral. Cuando la nieve y el hielo se derriten, liberan los PFAS que habían quedado atrapados durante años o décadas. Esos contaminantes ingresan al sistema marino y, por su naturaleza anfifílica, migran hacia la superficie. El resultado es que la temporada de deshielo coincide con el momento en que la microcapa del océano Austral presenta las mayores concentraciones de estos compuestos.

Una capa con su propia comunidad biológica

Lo que hace que la microcapa sea especialmente relevante desde el punto de vista ecológico es que está habitada. El conjunto de organismos que vive de forma preferente en esta interfaz recibe el nombre de neuston, y en él participan bacterias, microalgas, hongos y una amplia variedad de larvas y huevos de invertebrados marinos que pasan sus primeras etapas de vida en la superficie del océano.

Estos organismos no están ahí por casualidad. La microcapa es más rica en nutrientes y materia orgánica que el agua subsuperficial, lo que la convierte en un entorno favorable para el crecimiento y la reproducción. Algunas bacterias, por ejemplo, forman biopelículas en la interfaz y procesan compuestos orgánicos que de otro modo se acumularían. Las microalgas aprovechan la mayor disponibilidad de luz en la superficie para llevar a cabo la fotosíntesis.

El problema es que esa misma concentración de recursos hace que la microcapa sea también una trampa química. Al vivir en la interfaz donde los PFAS se acumulan preferentemente, los organismos del neuston quedan expuestos a concentraciones de contaminantes mucho más altas que las que experimentan sus pares que habitan unos centímetros más abajo.

Los organismos más expuestos: del bacterioplancton al krill

La exposición diferencial de la microcapa tiene consecuencias concretas para distintos grupos de organismos, con implicaciones que se extienden a toda la red trófica antártica.

Bacterioplancton y comunidades microbianas. Las bacterias de la microcapa están en contacto directo y continuo con los PFAS acumulados en la interfaz. Dado que estos microorganismos son los primeros eslabones del reciclaje de materia orgánica en el océano, cualquier alteración en su composición o funcionamiento tiene efectos en cascada sobre todo el ecosistema. ICEMELT estudia específicamente si las concentraciones de PFAS que se registran durante el deshielo son suficientes para modificar la diversidad y la actividad de estas comunidades.

Fitoplancton superficial. Las microalgas que habitan la microcapa o sus inmediaciones son responsables de una fracción importante de la producción primaria marina —es decir, de la generación de materia orgánica a partir de la fotosíntesis. La exposición a PFAS puede afectar su fisiología, reducir su eficiencia fotosintética y alterar la composición de las comunidades de fitoplancton, con consecuencias para toda la cadena alimentaria.

Larvas e individuos juveniles. Muchas especies de invertebrados marinos, incluidos los de mayor relevancia ecológica en el Océano Austral, pasan sus estadios larvales en la superficie del agua. Durante esa fase son especialmente vulnerables a la contaminación química, ya que sus sistemas de detoxificación no están completamente desarrollados y su exposición a la microcapa es continua.

Krill antártico. El Euphausia superba, popularmente conocido como krill antártico, es el organismo que sustenta prácticamente toda la megafauna del continente blanco: pingüinos, focas, ballenas y aves marinas dependen de él directa o indirectamente. El krill pasa tiempo significativo en la superficie del océano alimentándose de fitoplancton y bacterias. Si esos recursos base están contaminados con PFAS concentrados en la microcapa, el krill los incorpora —y desde ahí, los contaminantes comienzan su camino de biomagnificación hacia los niveles superiores de la trama trófica.

La microcapa como amplificador del cambio climático

La relevancia de la microcapa en el contexto del cambio climático va más allá de la contaminación por PFAS. El calentamiento global está acelerando el deshielo en la Antártica, lo que aumenta el volumen de agua dulce —y de contaminantes— que ingresa al océano Austral. Al mismo tiempo, los cambios en la temperatura y la salinidad superficial del mar modifican la estabilidad y la composición de la microcapa misma.

Algunos modelos sugieren que en mares más cálidos y con menor salinidad superficial —consecuencia del deshielo—, la microcapa tiende a ser más estable y a retener mayor cantidad de materia orgánica y contaminantes. Esto podría crear un círculo que se retroalimenta: más deshielo significa más PFAS en el agua; aguas más cálidas significan una microcapa más concentrada; una microcapa más concentrada significa mayor exposición para los organismos que la habitan.

Comprender este acoplamiento entre cambio climático, dinámica de la microcapa y contaminación emergente es uno de los objetivos centrales de ICEMELT en sus áreas de estudio en la Península Antártica y las islas Shetland del Sur.

Cómo se estudia algo tan delgado

Investigar la microcapa plantea desafíos metodológicos únicos. Muestrear una capa de menos de un milímetro en el océano abierto, sin contaminación por las capas de agua subyacentes, requiere técnicas especializadas que se han desarrollado y refinado en las últimas décadas.

Los métodos más comunes incluyen el uso de pantallas de vidrio o acero inoxidable que se sumergen verticalmente y luego se retiran lentamente, arrastrando la microcapa adherida a su superficie; y los sistemas de succión controlada, que aspiran selectivamente los primeros micrómetros del agua superficial. Cada método tiene sus ventajas y limitaciones en términos de grosor muestreado y posible contaminación, lo que hace que los resultados de distintos estudios deban interpretarse con cuidado metodológico.