© Ricardo Giesecke

What do PFAS do to microorganisms in the Southern Ocean

6 April, 2026

Hay una ciudad debajo del hielo que nadie ve. No tiene edificios ni calles, pero tiene habitantes: miles de millones de bacterias, microalgas, hongos y virus que habitan cada mililitro de agua del océano Austral. Son invisibles a simple vista, pero sin ellos el océano dejaría de funcionar. Producen oxígeno, reciclan nutrientes, sostienen las cadenas alimentarias y regulan el clima del planeta. Son, en todos los sentidos que importan, la base de la vida marina antártica.

Y son los primeros organismos que encuentran los PFAS cuando llegan al océano.

Esa posición en la primera línea de exposición los convierte en un indicador privilegiado del estado de salud del ecosistema, y en uno de los focos centrales de la investigación de ICEMELT. Lo que les ocurra a estos microorganismos no quedará confinado a su escala microscópica: se propagará hacia arriba en la trama trófica, afectando a los organismos que dependen de ellos, y en última instancia a la capacidad del ecosistema antártico de mantener su equilibrio frente a un mundo que cambia a una velocidad sin precedentes.

Un ecosistema construido sobre lo invisible

Para entender por qué los efectos de los PFAS sobre los microorganismos son tan relevantes, es necesario comprender primero el papel que estos cumplen en el océano Austral. No se trata de organismos secundarios o marginales: son el motor del sistema.

El fitoplancton —microalgas fotosintéticas que flotan en la columna de agua— es responsable de aproximadamente la mitad de toda la fotosíntesis que ocurre en el planeta. En el océano Austral, estas microalgas son la base de la cadena alimentaria: producen la materia orgánica de la que se alimenta el krill, y el krill sostiene a pingüinos, focas, ballenas y aves marinas. Sin fitoplancton, el ecosistema antártico colapsa desde su base.

El bacterioplancton, por su parte, cumple una función diferente pero igualmente crítica: descompone la materia orgánica muerta, libera nutrientes que el fitoplancton necesita para crecer y regula los ciclos del carbono, el nitrógeno y el fósforo en el océano. Sin bacterias, los nutrientes quedarían atrapados en la materia orgánica sin recircular, y la productividad del ecosistema se desplomaría.

Existe además una comunidad microbiana que habita específicamente la microcapa superficial del océano —la interfaz entre el mar y el aire— y que está expuesta de manera especialmente intensa a los PFAS, dado que estos compuestos tienden a acumularse en esa capa por su naturaleza química anfifílica. Son los primeros en recibir la carga de contaminantes que el deshielo antártico libera cada verano austral.

Cómo entran los PFAS en los microorganismos

Los microorganismos no tienen la opción de alejarse de los contaminantes: están inmersos en el agua que los rodea y en constante intercambio con ella. Los PFAS ingresan a las células microbianas principalmente a través de la membrana celular, aprovechando su afinidad por las superficies de interfase y su capacidad de interaccionar con los componentes lipídicos de las membranas biológicas.

Una vez dentro, los PFAS pueden interferir con una variedad de procesos celulares fundamentales. Su estructura química —una cadena carbonada fluorada con un extremo con carga— los hace capaces de imitar o competir con moléculas naturales que las bacterias y microalgas utilizan en sus procesos metabólicos. Esta interferencia no siempre es letal: con mayor frecuencia produce efectos subletales que alteran el funcionamiento de la célula sin matarla de inmediato, lo que los hace más difíciles de detectar pero potencialmente más dañinos a largo plazo para las poblaciones microbianas.

La concentración a la que se produce cada efecto varía enormemente entre compuestos de la familia PFAS y entre especies microbianas. Esto complica la evaluación del riesgo: no existe un umbral universal de daño, sino una matriz de interacciones que depende del tipo de PFAS, la especie microbiana, la temperatura del agua y otras variables ambientales que en el océano Austral cambian de forma significativa entre estaciones.

Efectos sobre la diversidad microbiana

Uno de los impactos más documentados de los PFAS en comunidades microbianas es el cambio en su composición: algunas especies son más sensibles que otras, lo que significa que la exposición a contaminantes actúa como un filtro que selecciona qué organismos sobreviven y cuáles no.

Cuando una comunidad microbiana pierde diversidad, pierde también redundancia funcional. En un ecosistema sano, varias especies distintas pueden cumplir la misma función —por ejemplo, fijar nitrógeno o degradar ciertos compuestos orgánicos—, de modo que si una desaparece, las demás compensan. Cuando la diversidad cae, esa red de seguridad se adelgaza: si las pocas especies que quedan cumplen una función crítica y algo las afecta, no hay reemplazo posible.

En el océano Austral, donde las comunidades microbianas ya están adaptadas a condiciones extremas de frío, oscuridad estacional y variaciones de salinidad, añadir el estrés de los contaminantes puede superar los umbrales de resiliencia de algunas poblaciones. Los estudios realizados en otras regiones oceánicas sugieren que los PFAS pueden reducir la abundancia de ciertos grupos bacterianos clave —como los que participan en el ciclo del nitrógeno— mientras favorecen la proliferación de otros que toleran mejor la exposición química, alterando el balance de la comunidad.

Lo que ICEMELT busca determinar es si esas dinámicas ocurren también en los ecosistemas costeros antárticos durante la temporada de deshielo, cuando las concentraciones de PFAS en la columna de agua aumentan de forma más pronunciada.

Efectos sobre el metabolismo y las funciones ecosistémicas

Más allá de la diversidad, los PFAS pueden alterar el funcionamiento metabólico de los microorganismos que logran sobrevivir a su presencia. Estos efectos son más difíciles de observar —requieren análisis moleculares detallados de genes y proteínas activas en las células—, pero tienen consecuencias directas sobre los procesos que sostienen el ecosistema.

Fotosíntesis y producción primaria. En microalgas, varios estudios han documentado que la exposición a PFAS puede inhibir la actividad fotosintética, reducir la producción de clorofila y alterar la eficiencia con la que las células convierten la luz en materia orgánica. En el océano Austral, donde la producción primaria es estacional y depende de ventanas de luz relativamente cortas durante el verano austral, cualquier reducción en la eficiencia fotosintética tiene un efecto desproporcionado sobre la cantidad total de energía disponible para el ecosistema.

Ciclo del carbono. Las bacterias marinas son piezas clave en la bomba biológica de carbono: transforman el CO₂ atmosférico fijado por el fitoplancton en formas que pueden hundirse hacia las profundidades del océano, retirando carbono de la atmósfera durante escalas de tiempo largas. Si los PFAS alteran la actividad bacteriana en la superficie del océano Austral, podrían modificar la eficiencia de esta bomba, con consecuencias que trascienden el ecosistema antártico y afectan al sistema climático global.

Reciclaje de nutrientes. El nitrógeno, el fósforo y el hierro son los nutrientes limitantes en el océano Austral: determinan cuánto fitoplancton puede crecer y, por tanto, cuánta energía hay disponible para toda la cadena alimentaria. Su reciclaje depende de comunidades bacterianas especializadas. La alteración de esas comunidades por exposición a PFAS puede crear cuellos de botella nutricionales que reduzcan la productividad del ecosistema en su conjunto.

Respuesta al estrés. Los microorganismos expuestos a contaminantes destinan energía a mecanismos de defensa —producción de proteínas de estrés, expulsión de tóxicos, reparación del ADN— que de otro modo utilizarían para crecer y reproducirse. Esta reasignación de recursos reduce la tasa de crecimiento de las poblaciones microbianas y puede hacer que respondan de forma menos eficiente a otros estreses ambientales, como los cambios de temperatura o salinidad que el cambio climático está intensificando en la Antártica.

La temporada de deshielo como momento crítico

No todos los momentos del año son iguales en términos de exposición. La temporada de deshielo antártico —que ocurre durante el verano austral, entre noviembre y marzo— representa el período de mayor liberación de PFAS al océano, y coincide precisamente con el momento de mayor actividad biológica de los microorganismos.

Durante el verano austral, el retorno de la luz solar desencadena florecimientos masivos de fitoplancton —las llamadas “blooms”— que son el evento productivo más importante del año en el océano Austral. Las bacterias proliferan para descomponer la materia orgánica que genera ese florecimiento. Es el momento en que el ecosistema está más activo, más productivo y, paradójicamente, más expuesto a los contaminantes que el deshielo acaba de liberar.

Esta superposición temporal —máxima actividad biológica con máxima liberación de PFAS— es uno de los aspectos que ICEMELT estudia con mayor atención en sus áreas de trabajo en la Península Antártica y las islas Shetland del Sur. Si los PFAS liberados por el deshielo afectan a las comunidades microbianas precisamente durante su período de mayor actividad, el impacto sobre la productividad del ecosistema podría ser considerablemente mayor que si la exposición ocurriera en otra estación.

De los microorganismos a toda la trama trófica

Los efectos de los PFAS sobre los microorganismos no se quedan en la escala microscópica. Todo lo que ocurre en la base de la cadena alimentaria se propaga hacia arriba: si el fitoplancton produce menos materia orgánica, el krill tiene menos alimento; si el krill escasea, los pingüinos, las focas y las ballenas que dependen de él enfrentan mayor presión. Y si las bacterias reciclan menos eficientemente los nutrientes, hay menos recursos disponibles para que el fitoplancton crezca en primer lugar.

Este efecto en cascada es lo que hace que estudiar microorganismos sea una ventana privilegiada para anticipar el estado futuro de todo el ecosistema. Los microorganismos responden más rápido a los cambios ambientales que los organismos de mayor tamaño —su tiempo de generación se mide en horas o días, no en años—, lo que los convierte en indicadores tempranos de perturbaciones que tardarán más tiempo en hacerse visibles en niveles superiores de la trama trófica.

Es por eso que los biomarcadores moleculares en microorganismos —genes activados en respuesta al estrés, cambios en la composición de proteínas, alteraciones en la expresión génica— son herramientas que ICEMELT incorpora a su protocolo de investigación: permiten detectar señales de alarma antes de que el daño ecosistémico sea irreversible.